Gracias sobrino

2 marzo 2012
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CRISTO DE LA SENTENCIA

Eran las doce y cinco de la madrugada del dos  abril de dos mil diez cuando, tras esperar once años un sueño se hizo realidad. El calendario marcaba el uno de abril de mil novecientos noventa y nueve cuando viste la luz por primera vez. Tu llegada nos colmó de alegría a todos, padres, abuelos, titos y por supuesto a mí, un humilde macareno que 5 meses antes predijo, que nacerías el Jueves Santo. Y así fué. Ese día, a las 00,05 h. (uff!, por qué poquito), supe que serías MACARENO. Cuanta ilusión me hizo hacerte hermano con tan sólo unos días de vida, pero yo quería más. Quería verte de nazareno, que hicieras la Estación de Penitencia a mí lado, que te sintieras macareno. Y llegó el otoño del 2009, tú habías decidido salir de NAZARENO y así se lo habías hecho saber a tú madre. El destino también había hecho de las suyas y ese Jueves Santo cumplirías once años.

Hasta la llegada de ese día todo fueron carreras. Primero te compré los escudos, luego te compraron el cíngulo, la tela, el terciopelo y el capirote. Ahora tocaba probarte la capa, el antifaz y la túnica. Tu madre y tus abuelas, pusieron todo su esmero para que fueras el nazareno más guapo de la cofradía. Y lo consiguieron, vaya si lo consiguieron. Por otro lado, aproveché para contarte mis vivencias e intentar hacerte comprender que la Madrugá era muy pesada y que tal vez, sólo tal vez, sería buena idea que te incorporaras a la procesión a partir de la catedral, al igual que mis padres habían hecho conmigo con tu edad y de esta forma haríamos la entrada juntos. Te negaste rotundamente. Ni siquiera el hecho de que mi 1ª estación completa fuera con 18 años te asustó. Harías la salida conmigo e intentarías hacerla completa.

Y llegó tu primera MADRUGÁ. Me esperabas en la calle San Luis. Estabas sonriente y tus padres, emocionados, no dejaban de mirarte. No tardamos en pasar al interior de nuestra querida Basílica y, a partir de aquí, una hora de nervios. Rezamos delante de nuestros titulares, recogiste el cirio, vimos la venia del Gran Poder, recogida de mi insignia, un fuerte abrazo, un gran beso y… llegaron las 00’05 del Viernes Santo. Se abrieron las puertas de la basílica y las lágrimas empezaron a derramarse por mis mejillas, que bonito!!. Ya estábamos en la calle, ahora, a disfrutar de una estación de penitencia inolvidable.

No sabía si aguantarías, ni hasta donde llegarías, pero de lo que estaba seguro es que esa noche no la olvidarías nunca. Un paso tras otro fuiste avanzando. Calle Feria, Alameda, viste  al Señor de Sevilla entrar en campana y me dí cuenta, que esto último te hizo olvidar los primeros cansancios. La carrera oficial lo único que hizo fué fortalecerte. El siguiente objetivo era llegar en las mejores condiciones a la Encarnación, pero antes disfrutamos de una espléndida revirá de la Hdad. De Los Gitanos en Orfila. Por entonces, ya eras el único niño del tramo y cada vez que se acercaba algún samaritano con viandas a la Cruz de Guía, algún nazareno siempre pensaba en tí. “Ofrecerle al niño, que viene con nosotros desde la salida”, te decían. A partir de aquí, tú ilusión era ver amanecer. Por entonces ya eran las ocho de la mañana y ya sólo quedaba el objetivo final, pero lo veías tan lejos…

Quedaban 2 horas y media para entrar y ahora empezaba tu calvario. Vivías la parte más difícil de tú ESTACIÓN DE PENITENCIA. Apareció el cansancio y el sueño, nuestro peor enemigo, pero tú no estabas dispuesto a rendirte. Fueron 2 horas muy duras. Te quedabas dormido de pié, se te caía el cirio, pero aún así no querías salirte. Tus últimos metros fueron una pesadilla. Por entonces, ya te daba el sol en los ojos y no te quedaban fuerzas. Debajo del Arco no pudiste más, “mamá, cógeme que me caigo al suelo”, pero de alguna forma, NUESTRO PADRE JESÚS DE LA SENTENCIA y NUESTRA SEÑORA DE LA ESPERANZA MACARENA no podían permitir que te quedaras tan cerca. Pablo, estás cansado. Quédate aquí conmigo. Si prácticamente lo has hecho entero”, dijo tu madre y tú respuesta no se hizo esperar, “no mamá, le he prometido al tito que haría la entrada con él” y así fué.

Por último, quiero pedirte PABLO que seas mi compañero en otro recorrido. En el camino de transmitir a la pequeña ISABEL nuestros sentimientos y pedirte desde estas líneas, que cuides de ella el día que realice su primera  estación de penitencia, al igual que yo lo hice contigo. Gracias Pablo por aquella Madrugá.

NHD José Luis García Falcón


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