Fernando Marmolejo, el orfebre de Sevilla

21 febrero 2014
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Sinceramente nunca pensé que escribiría nada sobre un orfebre, su complejo mundo, el cual admiro y del que, a la misma vez soy un analfabeto me hacía no ver más allá de un cincel y unos martillos.

Fue en la tarde de ayer, junto a la juventud de la Hermandad, con muchísimo respeto pasamos a la casa y taller de nuestro hermano y por la gracia de Dios Prioste de la Esperanza, Fernando Marmolejo Hernández, tercera generación de Marmolejo.

Al entrar en el recibidor, ya se vislumbraba lo que íbamos a poder ver en el pequeño taller, objetos en metales nobles, Vírgenes ataviadas con las mejores piezas de orfebrería, coronas de oro, plata y cartón, si, como leéis, cartón, y es que en esta vida, la del orfebre, todo gira entorno a un sentimiento, una sensación, un don que Dios solo da a unos pocos… el arte.

La primera palabra que salió de su boca nada más entrar en su taller no las olvidaré jamás: “Como veréis, este taller no es grande en dimensiones, porque lo importante de un taller de un orfebre y lo que tiene que ser grande es ¡el arte!“.

Como si un cuento nos contasen a los asistentes, íbamos recorriendo el taller surcando sus rincones por un poeta del cincel, un ilustre del repujado, un erudito de las artes cuya finalidad es la de enaltecer para su gloria a Dios y su Bendita Madre.

No intenta este articulo enseñar que es un orfebre, sino, este orfebre.

Un hombre fiel a sus principios, creado por sus principios, creyente de su historia familiar y discípulo a la vez que un buen hijo de su padre, Fernando Marmolejo es un hombre generoso, un macareno de cuna que ayudó con sus manos a terminar el camarín de la Stma. Virgen, a la cual hoy, además de como orfebre, le sirve como prioste.

Cuántas cosas contaba con los ojos empañados en recuerdos de su padre, cuántas y cuántas historias en verde Esperanza nos contaba y, sobre todo, con qué arte las hacía verso, con qué cariño nos enseñó la diferencia entre cincelar y repujar, con qué sencillez nos abrió las puertas de su casa y taller.

Y entre risas, emociones e historias únicas como el encargo de la Maestranza para su Santidad Benedicto XVI, enseñanzas de cómo se fraguan en el fondo del corazón de un orfebre los trabajos y cómo saber a quién pedir consejo, nos contó, entre cuadros de la Madre de Dios, una valiente y fiel pluma de algún armao, y piezas aún en fabricación, que un taller de orfebrería no tiene que ser grande en dimensiones, que lo que tiene que ser grande es el arte del orfebre y aunque nadie en aquel momento se atrevió a decirlo, hoy y aquí yo me armo de valor para escribírtelo, amigo y hermano Marmolejo, el arte lo tienes desde que naciste y añado más, para ser el mejor no solo tienes que ser el mejor artista en orfebrería, que lo eres, sino que también tienes que tener un corazón noble, fiel y leal a tus principios, a lo que aprendiste de tu padre, a ser generoso y atender con el corazón a las familias que a tu taller acuden, un hombre ejemplar, cariñoso y humilde pese a ser el mejor, y esto, querido amigo, no lo digo yo, lo dice Sevilla y el mundo entero…

Nunca pensé que escribiría sobre un orfebre, pero tu ARTE me ha llevado a hacerlo, lo importante de un orfebre, es sin lugar a dudas, su corazón.

NHD Fernando García Arcos


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