Carta Semanal del Arzobispo de Sevilla, Monseñor Asenjo

6 junio 2014
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Juan José Asenjo Pelegrina

PENTECOSTÉS, DÍA DEL APOSTOLADO SEGLAR

8, VI, 2014

Queridos hermanos y hermanas:

Dirijo esta carta semanal a los miembros de los grupos apostólicos de la Diócesis. Envío mi saludo más cordial a todos los militantes cristianos que en este sábado, día 7, participaréis en nuestra catedral en la Vigilia de Pentecostés reviviendo la efusión del Espíritu Santo sobre la comunidad apostólica reunida en el cenáculo, congregada y presidida por María, la madre de Jesús. En Pentecostés la Iglesia, bajo el impulso del Espíritu Santo, inaugura la misión encomendada por su Señor de predicar el Evangelio hasta los últimos confines de la tierra.

La acción del Espíritu ocupa un lugar destacado en los grandes acontecimientos de la Historia de la Salvación. Antes de los tiempos, en el seno de Dios, el Espíritu unge a Jesús como Mesías, profeta, sacerdote e hijo amado del Padre. En la Encarnación, inunda a María y, gracias a su sombra fecunda, el Verbo toma carne en sus purísimas entrañas. En los inicios del ministerio público de Jesús, el Espíritu le lleva al desierto, se manifiesta en su bautismo y habla por Él en la sinagoga de Nazareth. En los instantes supremos de la vida del Señor, la acción del Espíritu hace perfecta y agradable al Padre su obra redentora, y en Pentecostés se manifiesta en todo su esplendor.

En Pentecostés “rompe el Espíritu el techo de la tierra y una lengua de fuego innumerable purifica, renueva, enciende y alegra las entrañas del mundo” (Himno de Tertia). Desde entonces, el Espíritu es el alma de la Iglesia porque la unifica, dinamiza y vivifica. Él es el manantial de los carismas, de los dones, funciones y ministerios (1 Cor, 12,4-6), y es también el corazón de la vida personal de cada cristiano, hasta el punto de que no podemos decir “Jesús es el Señor, si no es bajo la acción del Espíritu Santo” (1 Cor 12,3). El Espíritu es quien deposita en nuestras almas el amor y el anhelo de santidad.

En Pentecostés, el Espíritu se manifiesta como la “la fuerza que pone pie a la Iglesia en medio de las plazas y levanta testigos en el pueblo”. A partir de Pentecostés, los apóstoles, fortalecidos con la fuerza de lo alto, comienzan a anunciar a Jesucristo en Jerusalén, en Judea, Samaría, Galilea y hasta los confines del mundo. Desde entonces han sido innumerables los cristianos laicos que, habiendo escuchado el mandato misionero de Jesús, lo han mostrado a sus hermanos, con coraje y valentía, con la palabra y, sobre todo, con el testimonio luminoso de su vida. Por todo ello, Pentecostés es la fiesta del Apostolado Seglar. En realidad, la urgencia del apostolado de los laicos en esta hora no es coyuntural, motivada por la disminución del número de sacerdotes. Se trata de una obligación orgánica, que brota de nuestro bautismo, en el que quedamos incorporados a la misión profética de Cristo, obligación que se acrecentó al recibir el don del Espíritu Santo en el sacramento de la confirmación, que nos habilitó y destinó al apostolado.

También vosotros, queridos militantes seglares, estáis llamados a ser heraldos de la Buena Noticia, a compartir con vuestros hermanos vuestro mejor tesoro, Jesucristo; a proclamar que vuestro encuentro con Él es lo más grande que os ha sucedido, porque en Él habéis hallado la luz, la vida, la esperanza y la alegría. Como los Apóstoles después de Pentecostés, habéis de acercaros a tantos hombres y mujeres que se debaten en el marasmo de la desesperanza, del nihilismo y de la infelicidad, para ser testigos del Dios vivo, de su amor, de la alegría cristiana, de la paz y la esperanza que nacen de la Buena Noticia del amor de Dios por la humanidad. El testigo es quien habla con la vida. Así deben ser los laicos cristianos en el barrio, en el trabajo, en el ocio y en el tiempo libre; en la parroquia, implicados en la catequesis, en el acompañamiento de niños y jóvenes y en los catecumenados de adultos, dispuestos siempre a dar razón de vuestra fe y de vuestra esperanza.

La solemnidad de Pentecostés es también la fiesta de la Acción Católica, que de forma asociada, como un cuerpo orgánico, unida estrechamente al ministerio jerárquico, al Obispo, los sacerdotes, la Diócesis y la parroquia, tantos frutos de evangelización, de santidad y apostolado ha dado a la Iglesia. En esta fiesta de Pentecostés saludo a todos los militantes de Acción Católica de la Diócesis. Pido al Espíritu Santo que, como ha pedido el Papa Francisco a la Acción católica italiana, seáis “personas nuevas en Cristo Jesús”, con “un estilo evangelizador capaz de incidir en la vida”, insertadas en la Diócesis, particularmente “en las parroquias marcadas por el cansancio” que necesitan de “vuestro entusiasmo apostólico” y de “vuestro servicio creativo”.

Pido al Espíritu Santo que su fuego nos convierta y que su fuerza nos ayude a perseverar en nuestra tarea primordial, anunciar a Jesucristo.

Para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.

+Juan José Asenjo Pelegrina

Arzobispo de Sevilla


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