Gracias, Macarena de Antonio Muñoz Cabrera

21 junio 2014
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Esta Semana Santa, por diversos motivos, decidí no  ir a  la Madrugá  de Sevilla. Sin embargo, desde que conseguí que mi hija Ana, con apenas siete años, se hiciese una devota macarena más, acudo con ella  a la Basílica todos los Sábados de Pasión para ver a la Esperanza en su palio.

Como tantos sevillanos y foráneos,  con nuestra cámara de fotos, entramos en la Casa de la Virgen María; mi hija con la obsesión de fotografiar a la “Virgen más guapa de Sevilla” y  yo para pedirle esperanza y fuerza para poder sobrellevar, con cierta dignidad, los tiempos difíciles por los que estoy pasando.

Después de la preceptiva parada ante el paso del Señor de la Sentencia,  mi hija se aprestó a disfrutar de esa belleza mítica que inspira a tantos poetas y músicos. Durante toda la Cuaresma le bombardeé la cabeza con versos, anécdotas y leyendas sobre la Madre de Dios. No obstante, a ella sólo le preocupaba una cuestión: ¿Cómo era posible que una Virgen al que iban a matar a su Hijo pudiese llorar y sonreír al mismo tiempo? Yo no podía explicarle  el concepto de asimetría en el rostro celestial de la Macarena y sólo la animaba a que buscase esa sonrisa tenue entre tantas lágrimas de dolor porque sería señal inequívoca  de que afrontaría, en un futuro, sus problemas personales con cierta dosis de esperanza.

Yo, cuando estoy en frente de la Macarena,  me olvido de todo lo que acontece  alrededor mío, incluso del tesoro  más preciado que poseo.  Sin embargo, de mi ensimismamiento místico-macareno, me sacó las palabras de dos mujeres: “Merecería más la pena fotografiar la cara embobada que ha puesto la niña que a la propia Virgen”. Esas palabras me sorprendieron y sólo pude esbozar una sonrisa y balbucear unas palabras de agradecimiento a unas mujeres a las que nunca más veré, a una devotas o turistas que, por unos segundos, apartaron sus vistas de la Macarena para alucinarse con ese rostro de mi hija que, paradójicamente, yo no pude disfrutar.

¿Qué cara puso mi  hija Ana mientras fotografiaba a la Macarena? ¿Con que ojos miró a la Madre de Dios? ¿Qué vieron aquellas mujeres  para exclamar esa expresión rayana a la herejía? Y es que, objetivamente, preferir la expresión inocente de una niña a la majestuosidad, elegancia y hermosura de la Esperanza Macarena,  con su  manto camaronero, en su palio de salida  y en su propia Basílica, merecería la excomulgación inmediata.

No obstante, esta curiosa anécdota adquirió un tinte cuasi dramático cuando a media noche me desperté sudoroso en la cama.  Diariamente, en los medios de comunicación  nos enteramos de tragedias que difícilmente llegamos a comprender, como el accidente de tráfico acaecido en Badajoz o el incendio producido en Dos Hermanas, donde niños inocentes ven sesgadas sus vidas e ilusiones en un santiamén. ¿Y qué decir cuando visitamos el Hospital Infantil  Virgen del Rocío?  A mi mente acudieron expresiones como “los dioses quieren a sus hijos jóvenes”. o la secuencia final de la película “Marcelino, Pan  y Vino”, incluso comparé (Perdóname, Madre, porque no sabía lo que decía) a la Macarena con la reina madrasta del cuento de Blancanieves. En mi delirio noctámbulo temí que la Esperanza se hubiera sentido molesta porque dos mujeres quedaran más prendidas del rostro humano de mi hija Ana que de la belleza celestial y divina de la Macarena. Y sentí miedo, mucho miedo, a que el incruento  destino me deparara una trágica sorpresa  y que me quitara de mis manos lo que más quiero en este mundo.

El amanecer del Domingo de Ramos alejó de mi mente esos funestos presagios y me recordó que Ella no era la egoísta madrastra de Blancanieves, sino la Madre de Dios, la Madre de todos nosotros,  y que como cualquier madre, preferiría los halagos que se le dedicasen a unas de su hijas que las propias loas y poesías que  Ella recibía diariamente. Comprendí que el rostro de la Macarena, ese rostro esculpido por  autor anónimo o bajado del cielo por los ángeles, refleja el sentir de un pueblo bondadoso o pecaminoso que se acerca a Ella para rogarle en tiempos difíciles una solución beneficiosa a sus problemas, o para agradecerle su intercesión en la sanación de una enfermedad grave, o para contemplar simplemente su majestuosidad como un turista accidental.  Y es que la grandeza de la Macarena  se ha moldeado gracias a infinitos rezos de desesperación que buscaban un rayo de esperanza en la luz de sus ojos;  gracias a las muestras de agradecimiento  de quienes encontraron en su mirada el cielo azul que se escondía tras las nubes negras de la desesperación; y, por qué no, gracias a la incomprensión de tantas personas, creyentes o no, que intentan ultrajarla sin éxito con comentarios y acciones  hirientes basadas en la ignorancia o en la envidia que Ella, la Madre de Dios en Sevilla, recoge  con su infinita bondad bajo su acogedor manto divino.  

La ilusión de mi hija era ver a la Macarena en la calle. Y el Cincuentenario de la Coronación Canónica ha sido la excusa perfecta. Durante los días previos la amenazaba con no llevarla a Sevilla si no se portaba bien, aunque yo sabía que si no cumplía mi promesa,  el castigo me lo estaría haciendo a mí mismo, porque un padre que impide que su hija vea a la Esperanza Macarena ni es padre ni es ná. 

El 24 de mayo nos situamos en la calle Parras. Tras una hora de espera, a lo lejos, la Esperanza se atisbó en el horizonte.  La cogí en brazos. Su corazón palpitaba mientras decía emocionada: “Papá, papá allí viene”. El sol brillaba entre las nubes, los treinta y cinco kilos de su cuerpo y los veinte minutos que tardó la Esperanza en llegar a nuestro lado me causaron una fuerte sudoración, pero no podía bajarla al suelo porque la muchedumbre impediría que  mi hija viera, como ella decía, a la Reina de Sevilla. Me flaqueaban las fuerzas, pero cada piropo que musitaba me servía de vitamina para alzarla con más vigor. La Virgen se paró delante de nosotros. Entre vítores y palmas me aislé de todo el júbilo que me rodeaba para hablarle a María, la madre hebrea. A pesar de mis pésimos momentos laborales,  sólo le pedí  que mi hija conociese muchos momentos felices, que su vida en este valle de lágrimas surcara por caminos fértiles de bondad, comprensión y solidaridad. Y, por supuesto,  le agradecí especialmente ese instante dichoso que acababa de regalarme junto a mi hija, ese instante glorioso que jamás olvidaré y que perdurará para siempre en mi corazón, ese instante  de amor paterno-filial que me unió, aún más si cabe, a mi hija pequeña, ese instante único  en que mi niña Ana vio por primera  a la Esperanza Macarena por las calles de Sevilla. 

Los golpes del llamador me volvieron  a la realidad. Mis ojos no sabían a cuál de las dos reinas mirar porque mis lágrimas de emoción caían por mi rostro mezcladas con el sudor de mi frente. El paso se levantó al cielo mientras mi  hija coreaba el “Macarena, guapa” que festejaba  un pueblo rendido a la hermosura de su Virgen. Pero la Señora aún le tenía preparada una sorpresa a mi hija: una petalada acompañada por su marcha preferida, los Campanilleros. Poco a poco el palio se alejó de nosotros con su inigualable elegancia, pero mi hija, entusiasmada y feliz por la escena vivida, no paraba de piropearla con gracia: “¡Qué bonita eres, hija! ¡Como tú, ninguna!”. La Virgen reviró al compás del trío de los Campanilleros y desapareció de nuestros ojos, aunque su presencia quedó grabada indeleblemente en nuestros corazones. 

Mi hija, emocionada, llamó a su madre por teléfono para comentarle lo que había vivido. Yo la miraba embelesado. Alcé los ojos al cielo y suspiré aliviado: Afortunadamente, nadie del público comentó que merecería más la pena grabar la cara de mi niña que el andar macareno de la Virgen.

ANTONIO MUÑOZ CABRERA


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