Herencia de Amor Macareno

11 septiembre 2017
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Hay un proverbio que procede de las más grandes estirpes macarenas que dice lo siguiente: “Todo el mundo es macareno, pero no todo el mundo lo sabe”. Esta “sentencia” tiene mucha razón, pues a todos los hermanos presentes, pasados y futuros les llegó y les llegará un día en que la vida les premie con una de las más grandes fortunas: ser Macareno.

Pues no es más cierto, que la vida de un macareno se va haciendo a través de herencias, vivencias y experiencias. A través de barrio, a través de cultos, besamanos y besapiés, de estaciones de penitencia o simplemente rezando horas y horas en esos bancos de madera oscura que pueblan el suelo blanco marfil de la Basílica. Cada persona vive la Esperanza de una forma distinta, cada persona la siente de forma singular, la mira… cómo la mira. Existen millones formas de llegar a Ella, pero en mi caso, mi caso fue más que una simple herencia. Fue un modo de vida, una creencia y una devoción, algo que se desembocó en un sentimiento en un sentimiento y un amor, un profundo y bello amor macareno.

Y es que ese gran amor macareno que hoy profeso a mis titulares, como tanto y tantos miles de macarenos, tiene sus inicios hace justamente ochenta años. Ochenta años de que un joven, con ocho “añitos”, decidiera depositar su fe a los pies de  Nuestro Padre Jesús de la Sentencia y María Santísima de la Esperanza Macarena, tal y como hiciera su tío Juan Manuel. Y este macareno, se entregó a Ellos. Se entregó desde la más inmensa humildad, se entregó sumergido en el cariño y la ternura, en la pasión más fehaciente, entregó esa mirada dulce y sensible, su más puro y verdadero amor. Y si, también pude heredar esto de él, porque con sus ochenta y ocho años, no me cabe duda del amor puro que nuestros veteranos le tienen a la Esperanza. Porque, ¿qué sería de la Hermandad sin la humildad, el amor o la pasión de nuestros veteranos y veteranas? No seríamos lo que somos. Lo mismo me ocurre a mí con este macareno, mi veterano, mi macareno, mi abuelo Miguel Cárdenas Rodríguez. Sin él, a día de hoy, aunque hubiera nacido en el Arco de la Macarena, no tendría la herencia más grande que tengo, ese gran, puro y verdadero amor macareno.

NHD. Fernando Cárdenas González


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