Rubén Darío, maestro de la esperanza

27 noviembre 2017
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Noviembre escogió uno de sus días para darnos una cuchillada irreparable en el alma llevándose la vida apenas estrenada de mi buen amigo Rubén Darío Ávalos, ese niño sabio que vivió siempre entre las dos orillas.

Quizá ese saberse destinado a la otra orilla le hacía exprimir todo el jugo a cada minuto de su vida, otorgar un valor único y precioso a momentos que los demás consideraríamos ordinarios. Este niño me enseñó que cualquier instante es extraordinario y que la vida no es un regalo, sino una responsabilidad. Rubén era el entusiasmo y la palabra, y en su palabra comprometida hoy, que ya no está entre nosotros, sigo conociéndole y admirándome ante su talla humana. La relectura de sus libros y escritos hoy me revelan una persona admirable, un alma guaraní, una brisa del Paraná que arribó a Sevilla con el candor y la pureza de los guaicurúes y los payaguas. Y es que cuando me adentré en la geografía de los paisajes de Rubén, sentí el vértigo de los abismos de Dios, ese en quien mi buen amigo confiaba para caminar permanentemente sobre el cable de la esperanza sin caer al vacío de la desesperación.

¡Qué lecciones diarias de esperanza! ¡Cuánto aprendí como macareno de este niño, cuya vida es un tratado de la esperanza y la alegría! ¿Cómo con tan poca edad puede alguien ser ejemplo de valores que nos parecen inalcanzables? En los escritos de Rubén hay mucha esperanza. Nos regala reflexiones risueñas, inteligentes, llenas de entraña, a través de sus relatos impagables. Siendo admirables sus textos, aún más lo era su conversación, que causaba siempre un efecto amoroso, placentero y solaz. Leerle o escucharle constituía una lección de moral que te empequeñecía y hacía replantearte la gravedad de tus problemas frente a aquel niño feliz y agradecido a pesar de todo. Y es que era absolutamente imposible estar triste a su lado.

Noviembre nos ha dejado huérfanos de tu dulzura guaraní, ese sortilegio  que convertía cada momento en mágico estando a tu vera y nos sorprendía el alma. Se nos ha ido -que no apagado- su luz encendida y ese alma infinita donde cabía toda la esperanza del mundo.

Queda tranquilo, Rubén, que cuidaremos de tu mamá, mujer de abnegada entrega y modelo de valores. Te quiero mucho, Rubén, ya nos veremos. Un beso muy grande.

José Antonio Fernández Cabrero

Consiliario de Asistencia Social


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