ANEXO VIII. QUINARIO A NUESTRO PADRE JESÚS DE LA SENTENCIA

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Se comienza, cada día, con el rezo de la parte del Santo Rosario correspondiente.
A continuación se hace el Ejercicio del Quinario como sigue:

DÍA PRIMERO

“JESÚS ANTE PILATO PARA SER JUZGADO”. La Sentencia de muerte maquinada contra Jesucristo, fue contrario a los principios de justicia y equidad.
CONSIDERACIÓN

Ha sonado la hora del poder de las tinieblas y se acerca el triunfo de los enemigos de Jesús. Preso mientras oraba por la noche en el huerto de Getsemaní, insultado, escarnecido y llevado entre oprobios y maldiciones. Primero a casa de Anas, de allí a la de Caifás, su suegro, e interrogado, calumniado y golpeado, es por fin conducido al rayar el día al Pretorio de Pilato.

¿Por qué se hace ésto? El último de los criminales tiene derecho a que se juzgue imparcialmente, y aunque el delito sea público, la más perfecta equidad ha de presidir a su sentencia. Solamente para el Hijo de Dios se pasa sobre las leyes y sin embargo, no hay en toda su vida ni un acto del que merezca ser acusado. Sus pasos están marcados por los beneficios que ha hecho. A su voz se calman las tempestades, los ciegos recobran la vista, los mudos hablan, caminan los cojos y paralíticos completamente sanos, se curan los leprosos y la muerte abandona su presa. Bendice a los niños, instruye al pueblo y perdona los pecados. ¿Qué hay de crimen en todo esto?

Pero los escribas y fariseos se han unido para perderle, y su odio le ha perseguido hasta entregarle atado como un malhechor al juez romano, al que esperan obligar a que pronuncie la sentencia de muerte que sus leyes prohíben.
Este odio execrable, manifestado en la prisión de Jesús, en los interrogatorios a los que fue sometido y en la sedición que ha estallado, despierta sospechas en el juez romano, y le hacen salir fuera pues ellos no entran en el Pretorio por no contaminarse. Entonces les dijo: “¿Qué acusación traéis contra este hombre?” Los judíos contestan: “Si no fuera un malhechor, no le hubiéramos puesto en tus manos”. Lo evasivo de la respuesta prueba que no pueden acusarle claramente de ningún crimen. Así lo comprende Pilato y torna a decir tratando de eludir la responsabilidad que le amenaza: “Pues tomadle. Allá vosotros y juzgadle según vuestra ley”.
Estas sencillas palabras aterran a los hipócritas acusadores y creen ya perdido el fruto de su mala acción. Si con la justicia y la equidad de las leyes hebreas ha de juzgarse a Jesús, su inocencia resplandecerá muy pronto y los calumniadores sufrirán su merecido. ¿Cómo han de lograr que se le sentencie a muerte, cuando sus tribunales no pueden hacerlo?

Pero el odio es ingenioso, y como es preciso que lo justo perezca, a pesar de sus virtudes, milagros y altísimos méritos, inventan una nueva acusación, la única que puede poner bajo la jurisdicción de Pilato. A éste, dicen, le hemos hallado pervirtiendo a nuestra nación, vedando pagar los tributos a césar, y diciendo que Él es el Cristo, o el ungido Rey de Israel. Imposible que después de esta calumnia, deje el romano de entender en la causa del que alborota al pueblo, niega la obediencia al César y, por último, se proclama Rey. El temor penetra en el cobarde representante de la orgullosa Roma y no se atreve a rechazar a Jesús. Así pasa el Redentor de manos de los crueles sicarios a las manos crueles y afrentosas de la cohorte pretoriana. Y mientras, el juez atónito con la responsabilidad que hecha sobre sí se dispone a interrogar al preso, los gritos de la turba piden que sea al momento sentenciado.
Jesús prisionero, calumniado y escarnecido, nos ofrece el más admirable ejemplo de humildad. Compadezcamos la situación a que se ve reducido por amor nuestro, e imitemos esta virtud santa, que tan admirablemente práctica, humillándonos ante la desgracia y aceptándola como justo castigo de nuestras faltas, ya que Jesús sufrió tanto por ellas.

(Ahora se hará alguna pausa meditar y pedir la gracia o favor especial que se desea alcanzar en este Quinario y luego dirá la siguiente oración)

ORACIÓN PARA ESTE DÍA PRIMERO

¡Oh humildísimo Jesús, adorable víctima de vuestro amor a los pecadores! Que por salvarlos quisisteis sufrir las falsas acusaciones y el odio de vuestros enemigos. Corazón Santísimo, al ver que os negaban lo que al más vil malhechor se concede, que es la justicia y la equidad para juzgarle, y comprender la afrentosa sentencia que iba a recaer sobre Vos, llegamos a vuestros pies, deseosos de reparar los tormentos y ultrajes que padecisteis del pueblo ingrato que os entregó a la muerte. Aceptad Señor nuestros afectos y haced que no imitemos las malas obras de aquellos desdichados, renovando con nuestra ingratitud vuestra injusta sentencia, antes bien, dadnos vuestra gracia para ser dignos de Vos y alabaros en el cielo. Amén.

(Cinco Padres Nuestros, Ave Marías y Gloria Patri, en memoria de las cinco letras del Dulcísimo Nombre de Jesús)
ORACIÓN A NUESTRA SEÑORA PARA CONCLUIR TODOS LOS DÍAS

¡Oh dolorísima Virgen de la Esperanza! Aurora resplandeciente del Divino Sol de Justicia, consuelo de los afligidos, salud de los enfermos, vida, refugio y amor de nuestras almas. Por lo que padeció vuestro corazón de Madre, al ver preso y sentenciado como criminal a vuestro inocente y amadísimo Jesús, y por los dolores y lágrimas que os costó nuestra Redención, comprada con la preciosa sangre del Hijo de Dios, que era, a la vez, vuestro Hijo; os rogamos miréis con ojos de misericordia a los que venimos a vuestros pies, para ofreceros nuestros corazones. Acoged benigna nuestras súplicas, alcanzadnos las virtudes que debemos tener para servir y amar a Dios: bendecid nuestros campos, nuestras casas y nuestras familias. Llenad de paz y alegría nuestras almas, y pues sois nuestra vida, nuestra dulzura y nuestra esperanza, haced Madre mía, que por vuestra poderosa intercesión descansaremos de los trabajos de la vida en la patria celestial. Amén.
(Esta misma distribución se observará todos los días)

DÍA SEGUNDO

“EXAMEN HECHO A JESUCRISTO”. La Sentencia de muerte proyectada contra Jesús fue efecto del odio y violencia de sus enemigos.
CONSIDERACIÓN

Dispuesto está Pilato a juzgar a Jesús pues teme, si no lo hace, llegar a caer en la desgracia de César. Y los gritos de los sediciosos, que aumentan, acaban de determinarle. Toma asiento en su tribuna, hace comparecer a Jesús y le pregunta: “¿Eres Tú el Rey de los judíos?” Al escuchar el Hijo de Dios esta acusación tan diferente de la que se le ha hecho ante el Sumo Sacerdote, comprende la malicia de sus enemigos y resuelto a aclarar la verdad contesta con otra pregunta: “¿Dices tú eso de ti mismo o te lo han dicho de mí otros?” El juez le responde: “¿Soy acaso yo judío? Tu nación y los pontífices te han entregado a mí: ¿qué has hecho?” De cualquier modo que se considere es absurdo este interrogatorio. ¿Se ha visto nunca que el acusado deba hacer su defensa, explicar sus actos y dar pruebas para ser absuelto o sentenciado? La familiaridad del juez hace comprender también que a él no le mueve odio alguno, antes procura disculparse de l que está haciendo y declina toda responsabilidad en los verdaderos culpables, que son los fariseos, los escribas y los ancianos del pueblo. Sienten además un vago deseo de conocer motivos de tan escandalosa sedición, y espera que las respuestas de Jesús le iluminen. Su tranquilidad en el grave peligro que se halla, le muestra la confianza que tiene en la justicia de su causa. Entretanto el Verbo Divino compadece la incertidumbre y temor que experimenta Pilato, y queriendo tranquilizarle dice: “Mi reino no es de este mundo; si de este mundo fuera mi reino, claro está que mis gentes me habrían defendido para que no cayese en manos de los judíos; más mi reino no es de acá”.

La verdad de estas palabras penetra en el corazón del juez. Y ano duda de su inocencia y comprende que solo por odio le han querido hacer que parezca reo de lesa majestad, único delito que él tiene derecho a castigar. Con todo, su inteligencia no acaba de comprender el misterio que encierran las palabras que ha escuchado, insistiendo en comprobarlas: “¿Tú eres Rey?” Pregunta de nuevo y el paciente Salvador responde: “Así es como dices, yo para esto nací y vine al mundo para dar testimonio de la verdad; todo aquel que pertenece a la verdad escucha mi voz”.

En el afán de conocer mi reino, el juez murmura más bien como respondiendo a la voz de su conciencia que preguntando a Jesús: “¿Qué es la verdad?” Y sin esperar respuesta, vuelve a los judíos y exclama: “Yo ningún delito hallo en este hombre”.

La violencia y el odio que agita al pueblo sedicioso, estalla al oír Pilato; los gritos y las blasfemias se mezclan a los alaridos de amenazas. ¿Si el juez cree en la inocencia del reo, y la proclama a la faz de todos, cómo se ha de atrever a sentenciarlo? En el temor de que la víctima pueda escapar, gritan como furiosos. Tiene alborotado al pueblo, con la doctrina que va sembrando desde Galilea, donde empezó, hasta aquí. Esta es una acusación nueva, pero que tampoco interesa a Pilato:
¿qué le importa los admiradores y discípulos que tenga, en un pueblo que no es el suyo? Mientras sus discípulos no tiendan a sacudir el yugo romano, tampoco se cree con derecho para juzgarle.

Vemos que todos los principios y leyes continúan despreciándose para llegar a la sentencia de muerte de Jesús. Convencido el juez de su inocencia, no lo declara libre, las pasiones y odios que bullen a su alrededor le aterran, vacila y teme y no solo carece de resolución para hacerle triunfar de sus enemigos, sino que en su mismo palacio permite que le insulten y maltraten sus soldados. ¡Ah! ¿Cómo procuramos imitar a nuestro Redentor, en la admirable paciencia con que sufre tantos ultrajes? ¡Sí la más leve acusación viene a turbar la calma de nuestra vida, prorrumpimos en quejas y anhelamos venganza, escandalizando a cuántos nos rodean! ¿Es así como queremos seguir el ejemplo de Jesús?

ORACIÓN PARA ESTE DÍA SEGUNDO

¡Oh Jesús mío pacientísimo! Entregado al débil juez, como cordero al sacrificador; por lo que os hizo sufrir el odio y la violencia con que vuestros enemigos procuraban lograr vuestra sentencia de muerte, tened piedad de nosotros; haced que imitemos vuestra paciencia, cuando hayamos de sufrir falsas acusaciones y que perdonando de corazón a los que nos ofenden y calumnian, seamos dignos de recibir a vuestro lado, el premio que otorgáis a los elegidos. Amén.

DÍA TERCERO

“PILATO ENVÍA A JESUCRISTO A HERODES”. La Sentencia de muerte contra Jesús fue ocasionada por la perfidia y calumnia de sus acusadores.
CONSIDERACIÓN

Cuanto más reflexionaba Pilato, en la situación en la que se halla, más dificultades encuentra para salir de ella. La perfidia y calumnia de los enemigos de Jesús lo han preparado todo de manera para que se logren sus malvados intentos. El pueblo bueno, obediente y agradecido que ha visto los milagros y escuchado las predicaciones del Salvador, se oculta sobrecogido en el fondo de sus hogares y tiembla hasta manifestar compasión, por no parecer cómplice en los graves delitos de que se le acusan. En vez de los hombres que le ofrecían palmas y las mujeres que sembraban de flores el camino que recorría, una plebe inquieta, viciosa y enfurecida, se agita alrededor del Pretorio, ansiosa por recobrar su víctima y lanzar gritos de muerte. Pilato fija en Jesús los ojos azorados y se maravilla al verlo tan sereno esperar la sentencia que las voces del pueblo reclaman con mayor tumulto cada vez. La angustia del romano aumenta a medida que pasa el tiempo y halla menos probabilidades de poder salvar al que su conciencia cree inocente. Pero de súbito acude a su pensamiento una palabra que la turba furiosa ha pronunciado diciendo, que desde Galilea viene alborotando con sus nuevas doctrinas, y deseoso de apartarle de sí de una vez, determina enviarle a Herodes, por pertenecer a su jurisdicción; más antes quiere oírle confirmar lo que solo una sospecha ha pasado por su espíritu; “¿Eres tú galileo?” pregunta a Jesús y en vista de su respuesta afirmativa vuelve a entregarle al populacho armado para que lo lleve a Herodes, satisfaciendo así los deseos de éste, que hacía tiempo deseaba conocer a Jesús, por lo que de Él oía contar, y se huelga de verle, esperando que le obligara a hacer algún milagro en su presencia.

La turba se aleja llevándose al Justo y Pilato suspira con penar, pero al mismo tiempo se siente libre de un peso considerable. Absuelto o sentenciado, es Herodes el único que ha de determinar su suerte. Además con este gesto demuestra su cortesía con el Tretarca de Galilea y poder reanudar su interrumpida amistad.
Pero ¡cuál no es su dolorosa sorpresa cuando pasadas algunas horas vuelve a escuchar el tumulto que se acerca!, ¿Qué ha sucedido en el Palacio de Herodes? Los escribas y fariseos han prevenido el ánimo del Monarca, insultando impunemente a Jesús y le devuelven al juzgado romano para que le haga morir.
¡Ay Divino señor! ¡Con qué trabajos y amarguras rescatáis el pecado de Adán! ¿Cómo os pagaremos vuestro amor y sacrificios? Vos todo mansedumbre y nosotros llenos de soberbia. Dadnos gracia para imitaros y ser mansos y humildes de corazón.

ORACIÓN PARA ESTE DÍA TERCERO

¡Oh buen Jesús! Que con tan heroica mansedumbre sufristeis las amarguras de vuestra dolorosa Pasión. Por lo que os hizo padecer la perfidia y calumnia, con las que os perseguían ante todos los tribunales vuestros enemigos, aceptad nuestros corazones penetrados de dolor por las culpas que cometemos, y llenos del más vivo deseo de pagaros la infinita deuda que hemos contraído con Vos. Ante vuestra divina y lastimada presencia, ofrecemos imitar, en cuanto nos sea posible, con el auxilio de la gracia, vuestra mansedumbre admirable. Bendecid estas santas resoluciones, fortaleced nuestro ánimo para amaros y serviros y ser dignos de alabaros en la vida eterna. Amén.

DÍA CUARTO

“JESÚS VUELVE A PILATO PARA SER SENTENCIADO”. La Sentencia de muerte contra Jesús Nazareno fue ilegal en sus trámites.
CONSIDERACIÓN
La plebe furiosa vuelve al Pretorio, llenando al Pilato de angustia y terrores. ¿Qué hará el mísero romano? Herodes ha confirmado con su desprecio la inocencia del acusado, pues si le hubiera hallado criminal no hubiera escapado de sus manos sin castigo. Más entretanto, los príncipes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo, seguidos de numeroso séquito, acuden a Casa de Pilato pidiendo la sentencia de muerte del acusado. Al hacerlo así, comprenden, que si a los sediciosos y alborotadores puede negársele, a lo más noble y calificado de la ciudad, no se resistirá mucho el débil carácter del juez romano. La turba, al verlos, prorrumpe en gritos de triunfo y reconoce en ellos a los auxiliares más poderosos de su venganza. Los hipócritas y fanáticos aceptan aquellos homenajes, riéndose entre sí, de la credulidad del pueblo, que también sirve a sus interese, y con aspecto grave y reposado se disponen a pedir la muerte de un inocente como si cumplieran con un deber de justicia. Pilato siente la dominación que van a ejercer sobre su conciencia, y por última vez trata de manifestar lealmente su opinión. “Vosotros, dice, me habéis presentado a este hombre como alborotador del pueblo, y he aquí que habiéndole yo interrogado, ningún delito hallé de los que le acusáis. Pero ni tampoco Herodes, puesto que le remití a él y por el hecho se ve, no le juzgó digno de muerte: por tanto después de castigo lo dejaré libre”. No cabe mayor ilegalidad en los trámites de un juicio. ¿Si es inocente por qué castigarlo? ¿Si no lo es, por qué dejarlo libre? La debilidad del juez bien se nota en sus vacilaciones, y no hay nada más arbitrario que la voluntad de este hombre, sin energía para el bien ni para el mal, único dueño de la vida de Jesús. Tal vez ha pensado desarmar, con tan injusto decreto, a los enemigos del Redentor. Pero ni aún así tiene disculpa para el infamante suplicio que dispone. El látigo reservado a los esclavos, desgarra las espaldas del Hijo de Dios y la sangre mana de sus heridas. El juez asiste intranquilo a este cruel espectáculo y cuando el cansancio, que no la piedad de los verdugos, le hace terminar, presenta al pueblo la víctima santa en el más triste estado de sufrimiento y maceración diciendo solamente: “Ecce-Homo. ¡Ved aquí el hombre!. ¡He aquí el hombre!”. He aquí, pudiera decirse, la medida de los respetos humanos y como por ellos se va contra la conciencia, el deber y la eterna salvación.

Pero ni la vista del inocente maltratado y dolorido, a quien sólo sostiene la fortaleza divina, ni el injusto castigo que le han hecho sufrir, desarma la ira de sus enemigos. Instigado en secreto por los escribas y fariseos, el pueblo, juguete siempre de los ambiciosos, da voces diciendo: “Si sueltas a ese no eres amigo del César, puesto que cualquiera que se hace rey se declara contra el César”.

Bien saben los agitadores lo que intimida más al cobarde magistrado; y por esto le indican su porvenir comprometido, su fidelidad dudosa, su destitución segura. Todo ello se encierra en estas palabras: si sueltas a ése no eres amigo del César.

Desoyendo la voz de su conciencia y las súplicas de su mujer, que le ha enviado a decir: “no te mezcles en las cosas de ese Justo, pues son muchas las congojas que hoy he padecido en sueños por su causa”, Pilato sube de nuevo al tribunal, y azorado, trémulo, dominado por la voluntad de los poderoso y los gritos de sedición, se dispone a pronunciar la sentencia que piden como único remedio de recobrar su tranquilidad. Esta es la libertad de acción que preside a la muerte de Jesús, la voluntad de un solo hombre, dominado por el miedo y la ambición y que llega a rebajarse de su dignidad, de tal modo, que hasta propone a las turbas aprovechar la costumbre de perdonar a un reo en la Pascua, como única probabilidad de salvar a Jesús.

¡Inútil afán! Los gritos del pueblo ahogan su débil voz negándose abiertamente a este deseo, y proclama libre a Barrabás, asesino y salteador, y vuelve a insistir en que sea el Redentor sentenciado a muerte.

¡Más cuán admirable es la fortaleza con que resiste el Hijo de Dios tan dolorosas pruebas! ¡Qué ejemplo nos dio para sostenernos firmes, por más que se levanten las criaturas y las pasiones contra nuestra fe y la paz de nuestro corazón! ¿Imitaremos en la indiferencia a Pilato, o en su odio al pueblo que pedía muerte de cruz para el que venía a salvarle? Pues esto es lo que hacemos cuando por los respetos y consideraciones humanas dejamos de obrar bien.

ORACIÓN PARA ESTE DÍA CUARTO

Santísimo y amoroso Señor de nuestras almas, que con el devoto título de la Sentencia, nos acordáis la que fulminó contra Vos la venganza de vuestros enemigos, favorecida por la debilidad de Pilato; haced por vuestras amarguras y pena, durante el juicio y afrentoso castigo que os impusieron, que experimentemos los auxilios divinos, recibiendo de vos la fortaleza que necesitamos para que ni el temor ni la ambición, ni cuantas malas pasiones pueden luchar contra nosotros, logren jamás la victoria, sino que escudados con vuestra protección soberana, nos mostremos en todo dignos hijos vuestros, y merezcamos la corona de la gloria por vuestros méritos infinitos. Amén

DÍA QUINTO

“JESÚS ES SENTENCIADO A MUERTE DE CRUZ”. La Sentencia de muerte firmada contra Jesucristo, fue inhumana y cruel.
CONSIDERACIÓN

Va terminar la lucha de la inocencia con la iniquidad, del Hombre-Dios con el pueblo culpable; el juez no se atreve a resistir por más tiempo al torrente desbordado que la amaga. Aterrado al oír que proclama libre a Barrabás murmura débilmente: “¿Pues qué he de hacer de Jesús llamado el Cristo?” Las voces aumentan y… “¡Crucifícale!” “¡Crucifícale!” exclaman con despiadado encono. Por última vez Pilato intenta oponerse expresando en alta voz sus sentimientos: “¿A vuestro Rey tengo que crucificar?” Y entonces los escribas y los fariseos, mostrándose más romanos que el mismo juez, responden: “No tenemos más Rey que a César”. Mientras, la plebe sedienta de la sangre del Mesías, repite con gritos descompasados: “¡Crucifícale!”, “¡Crucifícale!”.

Una postrera mirad a la multitud que se agrupa delante del Pretorio, convence a Pilato no sólo de que no hay salvación para Jesús sino que él mismo está en peligro. Las turbas aumentan con la rapidez que los torrentes afluyen al mar. Por todos lados se ven acudir seres pervertidos cuyos semblantes horribles, desfigurados por la cólera y el odio, son una amenaza constante. Escoria miserable, hez inmunda que solo aparece en las graves situaciones y cuyos excesos manchan siempre la historia de os pueblos. Los escarnios, insultos y alaridos estremecen al juez y le deciden a ser inhumano y cruel. Tomada esta resolución, sin documentos, sin testigos, sin nada que haga cambiar la convicción que tiene de que Jesús es inocente, hace traer agua y se lava las manos a vista de todo el pueblo diciendo: “Soy inocente de la sangre de ese justo; allá os la veáis vosotros”. Firma enseguida la sentencia de su muerte y les entrega la víctima para que le lleven a crucificar.

No cabe más crueldad ni más condescendencia en el juez, con los inhumanos deseos de la turba, expresión fiel del odio que sienten los escribas y fariseos. Ha sentenciado contra la razón, la injusticia y su propia conciencia; si ha tenido buenas resoluciones no ha sabido perseverar en ellas, siendo cobarde hasta el extremo de someterse a ser cómplice de tal infamia, sólo por no perder las ventajas de su posición. Inhumano y cruel con Jesús, no le han conmovido ni su dulce palabra, ni su divina hermosura, ni su paciencia admirable, ni sus terribles padecimientos. ¿De qué le servirá lavar sus manos si la sangre del justo caerá eternamente sobre su cabeza? Desde aquel día, por más que pasen los siglos, las generaciones repetirán: “Jesús padeció y murió bajo el poder de Poncio Pilato”.

¡A cuántas reflexiones se presta la conducta del Juez Romano, la de los escribas y fariseos, y la del pueblo tornadizo y sedicioso! Llenos de noble y santa indignación, confundimos a todos los culpables en nuestro desprecio, y sin embargo, olvidamos que con harta frecuencia se renueva esta lucha en nuestras almas. ¿No nos hace el pecado reos de más cobardía que la de Pilato, de más ingratitud que la del pueblo hebreo y de más perversa voluntad que la de los fariseos y escribas? Conocemos los misterios de la vida, Pasión y Muerte del Verbo Divino. Recibimos sin cesar los beneficios de su misericordia, adoramos su Cuerpo y Sangre en el augusto Sacramento del Altar, tenemos todos los medios de ser fuertes, y sin embargo la debilidad nos vence. Cuando el mundo y las pasiones hacen oír su voz más sediciosa que la del pueblo judío, el alma vacila, duda y casi siempre acaba por unirse a los enemigos de Jesús. La perseverancia sola puede darnos el premio. ¿Cómo lo olvidamos tan lastimosamente? Meditémoslo en la presencia de Dios.

ORACIÓN PARA ESTE DÍA QUINTO

¡Oh adorable Jesús mío, que perseveraste hasta la muerte, y muerte de cruz, en la generosa resolución de salvarnos a costa de increíbles tormentos! Apiadaos de nosotros que deseamos la santificación y somos tan débiles que no podemos conseguir la virtud de la perseverancia, y ya con vuestra sentencia de muerte nos comprasteis la eterna vida, haced que siguiendo el ejemplo que nos dais seamos constantes en practicar el bien, para llegar a veros eternamente en el cielo. Amén.

A continuación se tiene plática o Sermón, finalizando, tras ésta, los Cultos con la Exposición Solemne del Santísimo Sacramento, rezo de la estación Eucarística, Bendición, preces de desagravio y Reserva de Su Divina Majestad.

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