Sevilla es Esperanza en el pregón de Semana Santa 2017

3 abril 2017
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Sevilla es Esperanza

Después de pedirle perdón al Señor regresé, andando a solas por mí mismo, buscando atajos en mi conciencia, junto a la Virgen. A estas alturas les ruego que se quiten el reloj porque aquí termino mi deambular y a partir de ahora ya no sé medir. Sé simplemente esperar. Yo me puse allí, compungido, junto a Ella, porque ya no pude recuperar mi sitio, y me concentré en mirar algo importantísimo que durante años había tenido delante y nunca había sabido ver.

Hay detrás de la Esperanza cinco hombres callados, cinco ángeles de paz desapercibidos, que llevan guantes de gamuza. Yo los llamo los “manosblancas” de la Virgen. Los escoltas de su rastro. Durante la Noche de Sevilla esos cinco centinelas van ahí, silenciosamente, de promesa y oro, sacando los brazos que se cuelan por las rendijas de la devoción en las entrañas del tisú. Son los guardianes del gañafón, los llamados guardamantos, los que van evitando el pellizco porque el pellizco sólo lo da Ella. Esos cinco celadores de la despedida, los primeros hombres que pisan las pisadas que va dejando la Esperanza, son notarios de una verdad que sólo conocen ellos: el poder de devastación que tiene esa chiquilla, la única niña de la ciudad, del mundo, capaz de hacernos comprender el auténtico dolor de su Hijo. Que somos débiles, pecadores. Que todos nuestros vítores se quiebran en un llanto redentor cuando Ella pasa, cuando se va y nos deja solos con nosotros mismos esperando otra vez que el círculo del tiempo nos vuelva a poner la Esperanza de cara. ¿O acaso no han tenido nunca la tentación, nada más verla pasar, de quedarse en ese mismo sitio todo el año hasta que vuelva a aparecer de frente? Los “manosblancas” van por detrás sin verle la cara porque su cara está en la de la gente cuando Ella pasa, en esos espejos nocherniegos por los que cae la escarcha del llanto. Esos cinco hombres son quienes mejor saben en esta ciudad que el verdadero poder de la Virgen consiste en arrebatarnos nuestra armadura y dejarnos desnudos cuando pasa. Ellos son testigos de la algarabía con la que la recibimos y de la congoja con que nos deja. Esos “manosblancas” saben que la Virgen es un huracán que se lleva cada Viernes de la Muerte todas las supercherías de la ciudad y transforma los vivas y el folclore en una masiva redención cristiana que llena de lágrimas las pilas con las que cada año renovamos nuestro bautismo. Por eso el tiempo de Sevilla es una dimensión que va desde que Ella termina de pasar hasta que Ella vuelve de nuevo. Sevilla es lo que hay entre su espalda y su cara.

Es el gajo de amargura que deja detrás transformándose en mermelada cuando otra vez se nos acerca. Y los “manosblancas” son los finos relojeros de esa Esperanza, los guardaespaldas de la Sevilla eterna que habita en la hermosura del rostro de la Virgen, esa historia de nuestro paraíso terrenal que está resumida en su pellizco y que intento escribir ahora sobre un retal de tisú para acabar este delirio por el que les he llevado. Ea, que ya está aquí la chiquilla de la Muralla Vieja. Que empieza todo otra vez. Abran los ojos, sevillanos, que el círculo vuelve a cerrarse. Esta es la Buena Noticia que traigo:

Sevilla es Esperanza. Y ante la Esperanza el tiempo vuela con la misma certeza con la que después de Ella la ciudad esperará de nuevo. Por eso, Madre, voy detrás de tu llanto gimiendo a voces…

Después de ti el tiempo duerme,

Sevilla hiberna en tu manto

y toda su duda es cuánto

ha de mantenerse inerme.

Te vas y al compadecerme

todo mi pesar resuelves.

Al marcharte te disuelves

y esa eterna madrugada

se queda tras tu pisada.

Sólo amanece si vuelves.

Todo es noche tras tu día,

es otra vez el principio

y el verbo es un participio

que conjuga la agonía

de tu hermosa asimetría.

Eres fugaz en tu euforia,

por eso todo es memoria,

tu belleza es espejismo

que atrás deja un atavismo

donde cabe nuestra historia.

Eres ráfaga de un faro

que nos guía en el destierro,

eres cadena de hierro

que arrastramos con descaro

hasta el destino más caro

que pones a nuestro alcance:

el que está detrás del trance

de este destierro de Eva

que tu hermosura renueva

cada año en un romance.

Por delante eres un cuándo

en una hora inconcreta,

y por detrás calendario

que empieza otra vez la cuenta,

eres la raíz del árbol

que da la flor de esta tierra,

el interminable espacio

que queda tras tu certeza

y un extraño corolario

que nos deja en la indigencia

sin soberbia y sin boato.

Eres verdor de azotea,

el verde que está más alto

porque todo en Ti es alteza,

eres belleza sin calco,

quimera de la belleza

que avanza como un milagro

por la sombra de mi celda.

Eres un salvaje estrago.

Eres la más honda huella.

Eres columna de mármol,

mosaico de mil teselas,

San Isidoro del Campo

con esa biblia primera

que se escribió en castellano.

La gran Casa de la Exedra,

el Carambolo enterrado,

la Virgen guapa tartesa

que vieron los turdetanos

cuando sembraron la huerta

que llamaban de Macario.

La más hermosa enfermera

del hospital de tu barrio,

Catalina de Ribera,

aparición al rey santo

de mi Valme nazarena

allá en los Cerros de Cuarto.

Eres la llave maestra

con la que abrió San Fernando

el postigo de la Iglesia,

la que derrotó a los vándalos

de Gunderico y de Réquila,

la del Recaredo arriano

que abjuró de su nacencia

ante el obispo Leandro,

un santo de Cartagena

que con Isidoro el magno

fundó Sevilla la vieja.

La reina que por Trajano

es la única que impera

en el imperio mundano.

Eres la Sevilla eterna

que apenas dura un relámpago,

la eternidad pasajera,

la mayor luz de los astros,

reflejo de las vidrieras,

la vida que va humeando

su esperanza carbonera

cuando por Parras, llegando,

suspiran por Juana Reina

las cinco flores del Gallo.

Por detrás toda la escena

es el gentío en harapos

porque desnudo lo dejas.

Eres montaña en lo llano

y un túnel en candilejas

que esconde el viejo legajo

del hilo de la madeja

que dice “nomadejado”.

Eres el Nodo, la enseña

de la rendición de Sancho,

la mujer que más gobierna,

la del adorno engarzado

que se engalla en su silueta,

la del amargor salado,

almohade de Florencia

y mercader del pasado

que levantó sobre piedra

la catedral de los barcos

construida en la Edad Media

por orden de Alfonso el Sabio.

Al irte eres carabela

alejándose de Palos,

Colón partiendo de Huelva

para hallar lo nunca hallado,

la legión bajo la niebla

arrasando el decumano

de la Alfalfa a la Barqueta

y Escipión el Africano

conquistando Celtiberia.

Eres la que cruza el Cardo

con la centuria deshecha,

la emperadora de Adriano,

la Virgen de Julio César,

la que dejó a Justiniano

sin gobernar esta ceca,

la que curó con su encanto

la terrible peste negra,

la que acabó de un plumazo

con la mayor epidemia:

la de aquellos que atacaron

el tarro de las esencias,

esos que nunca aceptaron

cuáles son nuestras creencias

pero ante ti claudicaron.

Al venir eres la juerga

de la boda del rey Carlos

e Isabel la portuguesa,

eres Bonifaz al mando

de su flota de galeras,

eres huracán y caos,

eres la musa astillera,

la que derrotó al gabacho

de aquella invasión francesa

que esquilmó cientos de cuadros

pero no tu independencia.

Eres puerto milenario,

la Casa de la Moneda,

el sueño durmiendo en vano,

Casa Lonja de la Seda,

Magallanes con Elcano

dándole al mundo la vuelta,

eres ancla y astrolabio,

crótalo de danza griega,

Olavide dibujando

el mapa de tu grandeza

y Juan de Arfe tallando

la Custodia de tu herencia.

Eres dulce latigazo,

imparable ventolera,

eres el oro del sayo

que se duerme en tus caderas.

Eres paz y eres espasmo.

Eres la gran heredera

sin título nobiliario

del alba de la nobleza

cuando traspasas el Arco

y el eco de las almenas

te anuncia como un pilatos

que ya se dictó sentencia.

Cuando vienes eres marzo

abriendo la primavera.

Cuando te vas eres mayo

ardiendo en vivas candelas.

Por delante eres un rayo

que por detrás de Ti truena.

Por eso este humilde hermano

te exclama aquí su demencia.

Que me condene el teatro

por esta gran insolencia

y el Señor de ojos castaños,

el que a nosotros se entrega

con el semblante agachado

sin oponer resistencia,

el que escucha el triste fallo

del prefecto de Judea

sin poder ya ni mirarnos

y es uno más tras tu estela

caminando cabizbajo,

perdone mi irreverencia.

Que se deshagan los tramos,

que se rajen las nagüetas

y que se abollen los cascos

con las costillas abiertas

que visten esos soldados

que anuncian con sus cornetas

que Cristo está ajusticiado.

Que se derrita la cera,

cirios verdes y morados,

que suene en la calle Feria

la marcha de los armaos

y se calle la Alameda,

métele candela, Hidalgo,

que se aguante el que protesta,

que suene fuerte “Abelardo”,

que la gloria no molesta

y voy a acabar mi canto

por esta Esperanza nuestra.

Cuando pasa tan despacio

la Madre por nuestra vera

y van sus flores vibrando

como tiemblan nuestras piernas,

Ella es vaso de alabastro

de las lágrimas serenas

que derraman entre abrazos

las miles de magdalenas

que por detrás van quedando.

Y un veredicto en mis venas

mi sangre grita y ya callo:

la espera es pura impaciencia,

es costumbre sin ensayo,

pero al pasar es barrena,

es un ciclón sin reparo

como un arrastre en la arena

que nos tiene todo el año

guardando en nuestra alhacena

todo el tiempo sevillano.

Porque el tiempo aquí es la queja

de la flor de los naranjos

al morir en la colmena,

es la vida transitando

desde la amargura al néctar.

Y Sevilla es el letargo

que la Esperanza almacena

entre que se va de largo

y vuelve la Macarena.

Rito de Conclusión: a Sevilla

Mientras llega Ella, déjenme irme de aquí con una protestación de fe sobre este paraíso en el que pongo toda mi Esperanza. Ay, Sevilla…

Eres más cárcel que cuna,

pero eres mi libertad,

mi mentira y mi verdad,

la prisión de mi fortuna.

Eres el hambre que ayuna,

eres tiempo sin edad,

eres, oh vieja ciudad,

todas mis cruces en una.

Yo soy suelo de serrín,

soy la Trinidad de luto,

de los Olivares fruto

y un cimiento de adoquín.

Tú eres toque de clarín,

tierra amarga y agorera

que da voz a mi ronquera

para llamar al motín.

Tú mi dueña, yo tu esclavo,

tú eres aire, yo pulmón,

tú silencio, yo oración,

tú mi cruz y yo tu clavo.

Tú mi iglesia, yo tu fiel,

tú el sagrario, yo el pecado,

tú el perdón, yo el perdonado,

tú mi sangre, yo tu piel.

Tú el rocío de mi aurora,

blanca flor de mi semilla,

canto romo de la hojilla

donde ayer siempre es ahora,

y yo escritura sencilla

de tu palabra deudora

que ante tus versos se humilla.

Tú eres mi amor posesivo,

el oro de mi alianza

y ese soplo de Esperanza

del que siempre soy Cautivo.

Eres la que manda en mí,

en mi conciencia la única

y en mi deber una túnica

con pálpito carmesí.

Yo soy tiro sin cañón

para una bola de cera

que duerme en mi cabecera

y me apunta al corazón.

Tú eres mi letal veneno,

la que me quita la vida,

y yo en mi cobarde huida

siempre soy tu nazareno.

Tú eres el cielo en mi altillo

y Dios mismo en San Lorenzo,

yo soy un humilde lienzo

y tú el pincel de Murillo.

Yo Sentencia, tú justicia,

yo el macero, tú la maza,

yo soy el papel de estraza

donde escribes tu noticia.

Soy en tu puerta indigente,

la oscuridad abriendo hueco,

y tú el abismo de un eco

que dice “venga de frente”.

Yo soy siempre tu rehén,

tú eres mi celda y mi edén

y mi boca misionera.

Eres mi adentro y mi afuera,

eres mi cómo y mi quién,

tierra final y primera

que enterrará con desdén

el alma de mi quimera,

mi origen, mi último tren,

lo que perdí, quien me espera,

reloj parado en mi andén,

donde nací y donde muera,

mi principio y mi huesera,

mis alas y mi sostén,

mi destierro y mi bandera,

mi amada y mi carcelera,

mi Calvario y mi Belén,

y ante Dios, cuando Dios quiera,

mis dos palabras postreras

serán Sevilla y amén.

Fragmento del Pregón de la Semana Santa de Sevilla 2017

NHD. Alberto García Reyes

Fuente: Consejo General de Hermandades y Cofradías de la Ciudad de Sevilla

Fotografía NHD. Álvaro Heras


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