Nunca estuve solo

3 septiembre 2012
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Mi amistad con la familia Muñiz se remonta a veintinueve años; amistad que se ha mantenido pese a la distancia de más de ochocientos kilómetros que nos separan Por vicisitudes de la vida, mi esposa y yo, un día hicimos encarecidamente una petición a La Señora y como siempre, Ella nos atendió. Agradecido, decidí acompañarla en su salida a la S.I. Catedral. Pero ¿cómo se hacía aquello? Yo no era de Sevilla, pero sí la familia Muñiz y además del barrio de La Macarena, y ellos en ningún momento me abandonaron: Primero, para llevarme al lugar en que me confeccionasen la túnica, luego como solícitos padrinos en mi Jura de Reglas e Imposición de Medalla y finalmente, acompañándome en la Estación de Penitencia, pues el hermano que siempre va detrás de mí es un miembro de la familia Muñiz. Y por supuesto y aunque no la veía a Ella, yo sabía que Ella también me estaba acompañando y que, al mirar por todos y cada uno de los que a su lado íbamos, también miraba por mí.

 Durante todo el recorrido tuve muchas sensaciones; sensaciones que en muchas ocasiones hicieron aflorar las lágrimas a mis ojos y que nunca podré olvidar como tampoco podré olvidar la forma en que, Miguel Muñiz, el hermano macareno que detrás de mí siempre va, me dio la bienvenida a la Hermandad. Lo hizo de esta forma:

Tiene la Virgen la cara

entre sonrisas y penas.

La basílica está llena

de sus hijos que la adoran,

que acompañarán sus pasos

por las calles de Sevilla.

Que la dirán que la quieren,

que la llamarán bonita

con ese tono especial

que un hijo llama a su madre.

Porque la quiere alegrar,

de esa pena que le cae

por ese hijo que muere,

que no lo puede evitar.

Pero la Virgen esta noche

mira de un modo especial.

Parece que está buscando

a una persona concreta:

A una persona especial.

Alguien que cuando la vio

no se lo pudo aguantar,

y sus lágrimas mojaron

esas calles de Sevilla

y se llegaron a juntar

con lágrimas macarenas

que lloran cada mañana

de alegría, de emoción,

con la Reina Macarena

porque es la Madre de Dios.

Macarena, ¿qué te pasa?

¿Por qué sonríes y lloras?

¿Por qué tu rostro divino

más iluminado está?

Yo lloro por ese Hijo

que en la cruz van a matar,

y sonrío por otro hijo

que desde tan lejos vino

para acompañar mi paso

por las calles de Sevilla

el jueves, en la “madrugá”.

La Virgen siguió pendiente

de su hijo, el de Bilbao,

que una mañana, en Sevilla

de una Reina Macarena

se enamoró para siempre,

por toda la eternidad.

Por todo ello mi agradecimiento a todos: A la familia Muñiz, a mis hermanos de Hermandad, a la Junta de Gobierno que, con ocasión de una visita de las muchas que por obligación realizo a Sevilla, tan amablemente me atendió y también ¡por qué no!, al diputado de tramo que, cuando salí en procesión por primera vez, me llamó la atención muy severamente porque estaba dando cera a un niño. Nunca olvidaré su recomendación: El cirio es para alumbrar, no para dar cera. Lo que aquí no comento es, lo que, refiriéndose al mencionado diputado de tramo me dijo un miembro de la Junta de Gobierno. A todos, mi más sincero reconocimiento.

NHD Rufino Iglesias Arroyabe


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