El paso -ganao- de Miguel Loreto

8 agosto 2017
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El capataz decía una sentencia que hoy lo condena a él: «Paso dao, paso ganao». ¡Venga de frente a la gloria, Miguel!

En las manos del Señor hay hoy un temblique raro. Como si quisiera soltarse la soga de las muñecas para pegar un martillazo. Los párpados quieren desbordarse y no saben porque esta vez sí que la voz del sanedrita lo ha sentenciado. En el pergamino está escrita la esquela de Miguel Loreto, amigo íntimo de Jesús el del Arco, el hombre que mejor guió sus pies por la Vía Dolorosa de Sevilla comandando la legión de cálamos de avestruz que van dejando una alfombra blanca por detrás de los pasos de Dios. Está el Señor de la Sentencia, fíjense bien, con la mirada hacia adentro. Pensativo. Recordando. Y mandando a la cuadrilla que lleva a Miguel al templo definitivo. «La derecha alante. Pararse ahí». Calle Parras. Está humeando, vestido de luto, el carbón en el que se consumió el capataz, escalera arriba, escalera abajo, calada al ducados, en aquellos tiempos de hegemonía. El Loreto se fue quemando en su cristiana bohemia porque, en el fondo, vivió rebelado. ¿Qué otra cosa puede hacer quien tiene la encomienda de llevar a Cristo a la cruz? Miguel era caracolero porque defendía que la voz del Señor tenía que parecerse mucho a la de Manuel, jipío de carcelero, noctivago de madrugadas, bebedor de solera en vasos de vidriera de catedral. Se imaginaba a su Preso tarareando la letrilla y se sublevaba: «Abre, carcelero, / abre ya el prestito, / pa que no me vean / llorar por las calles / igual que un chiquillo».

besamanosMiguelVenga de frente. Tiembla el misterio. Pasa Jesús, noche cerrada, y la voz afillá de Miguel acompasa los andares hacia su propia soledad. El hombre que gobernaba los pasos de Cristo por la Macarena con la gracia a espuertas y el rigor a manojos va, en realidad, como el Señor. Solo entre la multitud. Toda su edad juntos: 33 años. Camino del Hospital de la Caridad, como un viejo elefante, a escribir sus postrimerías. Porque a Loreto, eco de pregonar pescado, lo pintó Valdés Leal. Él sabía que la vida se va «in ictu oculi» y que el sanedrita que nos lee la sentencia aparece cuando menos te lo esperes. Tal vez por eso casi todas sus noches fueron largas. Madrugadas de ceniza. Itinerarios hacia el olvido. A Félix Machuca se lo dijo con acento de muralla para adentro, con el ictus mermando sus facciones: «Antes fui mucho y, a veces, estaba tentado de creérmelo. Nunca me lo creí, pero ahora hace frío». Hace frío, sí. Frío de agosto. Soledad de soledades. Pero a esta última levantá de Loreto, la más alta de su vida, le cuadra su propio susurro por la celosía de la canastilla: «Paso dao, paso ganao». El Señor de la Sentencia es quien llama ahora por debajo de sus faldones para gritar ese salmo, venga Miguel, que este paso es el mejor. Ya tiene Loreto todos sus pasos «ganaos». Porque toda su vida ha sido una Sentencia y una Esperanza, una condena perpetua a la libertad de Dios. Por eso hoy, cuando su eco se ha callado en las esquinas de la Macarena, ¡al cielo con él!, me. ha parecido ver que una de las lágrimas de la Virgen -ay, que se me ha muerto- ha caído al suelo.

NHD. Alberto García Reyes.

Publicado el 7 de agosto de 2017 en ABC de Sevilla/ Opinión/La Alberca. Fotografía: NHDª Sandra Arenas

 


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