Aguardando la luz de la mañana: de Relator a Parras

16 agosto 2018
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De Relator a Parras. Fotografía de ABC de SevillaHay poderosas razones históricas para que estas calles estén unidas íntimamente a la geografía macarena: allí se inició todo hace más de cuatro siglos, cuando la ciudad se adentraba en lo que Domínguez Ortiz llamaría un largo siglo XVII, lleno de luces y sombras. Sin embargo, hay otras razones, tan fuertes al menos y que a nadie se le escapan hoy: en la letanía de los lugares que se fijan sobre el papel de los programas de Semana Santa o en la lista que los responsables de la cofradía manejan cada año, nadie tiene que detenerse a pensar qué sigue a la calle Feria, al mercado o a la estrechez de Amargura. No será necesario forzar la memoria: el camino que lleva al reencuentro con la Resolana y la Basílica tiene nombre propio, el de dos calles que, pese al abrupto encuentro del ángulo recto, parecen ser una sola, Relator y Parras.

De Relator a Parras

Para la vida de toda corporación pocos momentos hay tan decisivos como el de su origen. Demasiadas veces éste se encuentra perdido en los territorios de la leyenda, pero aquí no hay lugar para ella: la Hermandad de Nuestra Señora de la Esperanza –pues tal es el título original– se funda en noviembre de 1595 en el desaparecido convento de S. Basilio, ubicado justamente en la confluencia entre ambas vías. Cuando observamos el famoso Plano de Olavide, fechado en 1771, el edificio del convento, con su iglesia como hito más significativo, se alza en un espacio urbano que solo cuenta con la cercana iglesia de Omnium Sanctorum como elemento destacado. Lo rodean grandes manzanas indiferenciadas y apenas unos pocos terrenos marcados como huertas. Sería, por tanto, otro de tantos conjuntos que en el sector norte del área intramuros carecía de casas y palacios de rango –el de los Marqueses de la Algaba, junto a la mencionada iglesia, ni siquiera se ve reflejado en el plano del siglo XVIII– y cuyos habitantes serían mayoritariamente gente de condición humilde, aunque existieran algunos miembros más relevantes de la comunidad. 

De Relator a Parras. Fotograma de la Filmoteca EspañolaPartiendo de San Basilio realizó la Hermandad su primera estación de penitencia a la Catedral en 1624. Allí estaba todavía cuando en 1649 tuvo lugar la devastadora epidemia de peste que diezmó la población de la ciudad hasta límites nunca antes conocidos, y desde el convento debió salir en 1653 cuando se produjo el definitivo traslado a la iglesia de San Gil. Fueron, pues, poco más de cincuenta años los que la corporación tuvo su sede entre estas calles pero ¿quién, en la mañana de cada Viernes Santo, se atreverá a negar la profunda devoción que habita en ellas? Probablemente debamos leerlo en clave de barrio: Feria ha sido en la Madrugada la vía de entrada a la ciudad, la línea recta que, por el camino más corto de los posibles, lleva hacia la Catedral. Después, con las primeras luces del día, la misma calle Feria ha sido el itinerario de retorno que comparte –Amargura, Montesión– devociones. Sin embargo, la estrechez de Relator, la angostura de su encuentro con Parras y el carácter de ésta, hablan con otra voz. Sin demérito para la Resolana o los callejones, parece que aquí, siguiendo a Romero Murube, cupieran todos los aires del barrio, probablemente animados por la memoria de San Basilio y la cercanía de San Gil. Adentrémonos pues por estas calles y conozcamos algo de su centenaria historia. 

De Relator a ParrasEl nombre de Relator asociado a la vía que desde la Alameda de Hércules llega hoy hasta la plaza del Pumarejo está ya recogido en un padrón de 1483. Es cierto que para nosotros –en realidad, desde 1845– es una sola calle, pero a lo largo del tiempo ha tenido diversas denominaciones según el tramo al que se re eran documentos y textos: desde el siglo XVII se nombra como Honda -es la leyenda, por ejemplo, que aparece en el Plano de Olavide– a la parte comprendida entre la Alameda y Feria; por razones obvias, será de San Basilio en el tramo comprendido entre Feria y Parras, o incluso hasta la confluencia con la calle Pozo; desde aquí y hasta San Luis, fue llamada de la Cruz de la Caja. Los topónimos tienen, por tanto, un origen claro: las características de la calle –Honda–, hitos singulares en ella –el convento, una cruz devocional– o el oficio –relator, esto es, un encargado de relatar los hechos ante la justicia– de uno de sus habitantes. También Parras evidencia la conexión del nombre con una realidad concreta: desde comienzos del siglo XV se la conoce de este modo –a veces varía entre plural y singular–, y de hecho en los padrones de esa misma época aparece un Mesón de la Parra. La fortuna de dicho nombre es incluso mucho mayor que la de Relator: toda la calle, desde la propia Relator a Escoberos, recibe la misma denominación y ésta se ha mantenido, pese a los avatares históricos, hasta hoy. Como si esta circunstancia se trasladara al propio perfil físico de las calles, la primera se ha mostrado siempre más variada en su fisonomía y en su propio desarrollo, mientras que Parras –recogiendo quizás el espíritu de las grandes vías paralelas, Feria y San Luis, entre las que se desarrolla– resulta muy homogénea. En Relator abundan los entrantes y salientes, hasta llegar componer en ocasiones pequeñas plazuelas; sus aceras además se han resistido a las alineaciones. Parras, salvo por algunos pequeños quiebros, es calle recta, y parece buscar con determinación la vieja muralla. 

De Relator a ParrasCabe ir, no obstante, más allá en comparaciones y paralelismos entre ambas vías. Podemos ver, a poco que nos fijemos con atención en el paisaje urbano de las mismas, que gran parte de su arquitectura proviene de una época decisiva para la configuración de la ciudad actual. Quedan todavía casas del siglo XIX, probablemente impulsadas por quienes terminaron estableciéndose con sus negocios en esta zona. Su composición –hay dos de ellas que ofrece, de un modo casi ingenuo, un estrechísimo jardín–, sus detalles constructivos, sus cierros y rejas, hablan del oficio de quienes, como arquitectos o maestros de obras, dieron un nuevo perfil a Sevilla a partir de 1850. Sin embargo, hay también un importante peso de la arquitectura regionalista, cuyo esplendor se materializó en torno a la Exposición Iberoamericana de 1929, y que con sus ornamentos de azulejos y ladrillo visto trasladó hasta aquí parte de los esplendores de otros barrios y edificios singulares. Por no faltar, ni siquiera se echa en falta la aportación de una modernidad discreta y nada agresiva, como en la casa de pisos que se levanta en la esquina de la calle Feria. 

De Relator a ParrasLógicamente, estas arquitecturas no son nada sin la actividad de sus propietarios, inquilinos y vecinos. En Relator el pulso comercial de la calle se hace muy evidente. Incluso con los cambios experimentados por la zona hoy en día, con nuevos habitantes, en su mayoría jóvenes, que se han asentado allí, son muchos los locales que siguen existiendo en la calle, generando un paisaje en el cual los bajos se llenan de negocios de perfil muy variado mientras que las plantas superiores se reservan para viviendas. Parras, por su parte, no deja de lado este perfil, pero son muchas las parcelas cuyo uso es puramente residencial. Parece, en cierta medida, que se complementaran, que entre ambas se construyera una pequeña comunidad que mantiene gestos y ritos de otros tiempos. En Parras se perdió el mundo de “La Bolera”, con su patio repleto de veladores, pero pervive, como testigo de otra época, la vieja carbonería; en Relator, por su parte, van y vienen los trabajos y los días con más rapidez si cabe, y la vida se desarrolla entre bares y negocios de todo tipo, donde caben reliquias del pasado y actores novísimos. Desaparecieron los marmolistas del tramo cercano a la Alameda y han llegado a él tiendas y restaurantes de diseño; más adelante conviven con naturalidad más bares, una farmacia, una panadería, la sede de la Iglesia Española Reformada Episcopal, alguna vieja taberna y hasta una escuela de teatro. Eso sí, que nadie se espante: hubo un tiempo en que un “Salón Moderno” para proyecciones cinematográficas se levantaba allí, y hasta unas bodegas existieron en la calle. Después, nombres de los que solo queda el recuerdo: “Tejidos Los Madrileños”, “Juguetería Cuervas”, “Calzados Miralles”… 

De Relator a Parras. Fotografía de El MundoEl resultado no es, desde luego, el de esas calles de Sevilla que solo vuelven a la vida una vez al año, en los días más sagrados, manteniéndose el resto del tiempo sumidas en un letargo. Relator y Parras tienen un pulso cotidiano regular: la cercanía de Feria y del Mercado, el trasiego de coches entre la Alameda y el Pumarejo, los viandantes que toman un café o una cerveza o que compran los más variados productos. Y por si fuera poco, San Gil y la Basílica actúan, de modo casi invisible –solo Sagunto ofrece desde Parras una vista de la parroquia–, como fuentes de emociones y de devociones. No es necesario que la Virgen de la Esperanza o el Señor de la Sentencia pasen por allí más que en la mañana del Viernes Santo; con esto basta. Es tal la fuerza de lo que acontece en ese momento que marca los trescientos sesenta y cuatro días restantes. 

De Relator a Parras. Cartel Semana Santa 1981Claro que en bares, tiendas y casas se acumulan como recordatorio permanente azulejos, estampas, cuadros y calendarios con la imagen de sus devociones; por supuesto que son innumerables los armarios y cajas que guardan allí las galas que se vestirán una vez al año. Pero no hace falta verlo o decirlo: se sabe y se siente. Lo más hermoso de estas calles es que parecen existir para acoger el esplendor de esa mañana. Todo lo que se ha escrito –Sánchez del Arco, Romero Murube– y representado –Hohenleiter– de una ciudad cuya realidad física sabe acompasarse al desarrollo de su esta grande haya aquí una plasmación perfecta. Pocas veces encuentra uno tal sintonía entre el cortejo de una cofradía –nazarenos y penitentes; insignias y varas; bandas y armaos; los dos pasos– y el lugar por el cual discurre. Y esto no es debido, aunque pueda parecer extraño, a la monumentalidad del marco que estas calles le ofrecen, sino todo lo contrario: la relativa modestia de Relator y Parras le sienta muy bien al merino y al terciopelo, al canasto dorado y al ejército de plumas que lo escolta, a la plata y los bordados del palio. En pocos sitios el Señor de la Sentencia y la Virgen de la Esperanza deben sentir tanto la devoción que se les profesa. El homenaje que tiene lugar allí es sencillo: colgaduras en los balcones, pétalos de ores, ropa de domingo… Y lo que es más importante: todas las plegarias, muchas lágrimas de sus hijas e hijos, que saben esperar ilusionados la mañana sagrada del Viernes Santo. Ellos son conscientes de que solo tienen que andar unos pasos para llegar a la Basílica y repetir lo que muchas otras personas llevan siglos haciendo, primero en S. Basilio y más tarde en S. Gil. Ese camino lo tomarán muchas veces a lo largo del año, pero hay un día en que todo es distinto, unas horas en las que, ajenos al calendario litúrgico, celebran la Resurrección antes de tiempo, espantando con impaciencia lógica las tinieblas de la muerte. Durante ese tiempo, Relator y Parras son mucho más que dos nombres en el viario de la ciudad: se convierten en un mundo hecho de la suma de quienes viven en él, de quienes se acercan allí como tierra de promisión y de tantos ausentes que alguna vez sintieron la felicidad de la mañana en que todo un barrio se vuelca con el paso de su cofradía. Creo que es fácil comprender que estas calles sientan sus devociones como algo muy íntimo y propio, a las que hablarles con respeto pero también con naturalidad. Quizás por eso el espíritu que las recorre queda tan bien expresado en la saeta con la que se le recibió en 1964 tras los actos de la Coronación Canónica de la Esperanza, y que hoy se mantiene en la memoria sobre un sencillo azulejo de Parras: “¡Te fuiste por cuatro días / y tardas siete en volver! / ¡Madre Mía, Macarena, / no nos lo vuelvas a hacer …!”.

Artículo de F. Javier Rodríguez Barberán, perteneciente a la serie ‘Geografía de las emociones’ y publicado en el Esperanza Nuestra nº 5 (año 2015).

 

 


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